¿Por qué una persona que sabe conducir y tiene permiso decide dejar de ponerse al volante? Las razones pueden ser muy distintas y no siempre están relacionadas con la capacidad para manejar un vehículo.
El miedo, una experiencia traumática, determinados problemas de salud, la pérdida de práctica o un cambio en el estilo de vida pueden hacer que una persona conduzca cada vez menos hasta abandonar esta actividad.
Vamos a analizar todas esas razones:
Uno de los motivos más conocidos es el miedo a conducir, también denominado amaxofobia cuando alcanza una intensidad elevada.
Puede aparecer al circular por autopistas, conducir de noche, atravesar túneles, soportar tráfico intenso o desplazarse por lugares desconocidos.
Este miedo puede provocar conductas de evitación. La persona empieza descartando determinadas carreteras o situaciones y termina reduciendo progresivamente sus desplazamientos.
Un accidente de tráfico puede cambiar la forma en la que una persona percibe la conducción.
Después de una colisión pueden aparecer inseguridad, ansiedad, temor a que el accidente vuelva a repetirse o una vigilancia excesiva mientras se conduce.
No siempre es necesario haber sufrido lesiones graves. También una situación de peligro o un accidente vivido por una persona cercana puede generar miedo.
Las consecuencias psicológicas posteriores a los accidentes de tráfico han sido analizadas en diferentes estudios científico
Pasar meses o años sin ponerse al volante también puede influir.
Puede ocurrir después de empezar a teletrabajar, cambiar de domicilio, dejar de disponer de vehículo propio o acostumbrarse a que otra persona conduzca habitualmente.
Cuando llega el momento de volver a coger el coche, algunas personas sienten que han perdido práctica. Maniobras que antes resultaban automáticas, como incorporarse a una autovía o aparcar, pueden generar inseguridad.
La falta de práctica puede terminar haciendo que conducir resulte cada vez menos atractivo.
La salud también puede condicionar la decisión de seguir conduciendo.
Alteraciones de la visión, mareos, problemas de movilidad, dolor, dificultades de concentración o determinadas enfermedades neurológicas y cardiovasculares pueden afectar a las capacidades necesarias para manejar un vehículo con seguridad.
Estos problemas pueden aparecer en diferentes momentos de la vida y no están ligados exclusivamente a una edad determinada.
Algunos medicamentos pueden provocar efectos secundarios relevantes para la conducción.
La Dirección General de Tráfico advierte de que determinados fármacos pueden causar somnolencia, mareos, visión borrosa, reducción de los reflejos o problemas de atención.
Esto no significa que cualquier persona que tome medicamentos tenga que dejar de conducir. Dependerá del tratamiento y de sus efectos.
Por eso es importante consultar al médico o al farmacéutico y revisar las advertencias incluidas en el medicamento.
Para algunas personas, conducir deja de ser una comodidad y se convierte en una fuente de tensión.
Los atascos, el tráfico intenso, la dificultad para aparcar, las prisas o determinados comportamientos de otros conductores pueden aumentar el estrés diario.
Cuando existen otras formas cómodas de desplazarse, algunas personas prefieren evitar estas situaciones y reducen voluntariamente el uso del coche.
También existen motivos económicos.
Tener coche implica asumir el combustible, el seguro, el mantenimiento, las reparaciones, los impuestos, el aparcamiento y, en muchos casos, la financiación del propio vehículo.
Cuando una persona realiza pocos kilómetros al año puede llegar a la conclusión de que mantener un automóvil ya no le compensa.
El transporte público, el taxi, los servicios VTC o el coche compartido pueden resultar suficientes para cubrir sus necesidades de movilidad.
Las necesidades de desplazamiento pueden cambiar considerablemente.
Empezar a trabajar desde casa, trasladarse a una zona mejor comunicada o tener el trabajo, los comercios y otros servicios cerca puede reducir la dependencia del coche.
En estos casos, dejar de conducir no responde al miedo ni a un problema de salud. Simplemente, el automóvil deja de ser necesario para la vida cotidiana.
También hay personas que reducen voluntariamente el uso del vehículo privado por motivos medioambientales.
Caminar, utilizar la bicicleta o recurrir al transporte público permite realizar muchos desplazamientos sin necesidad de conducir.
Para algunas personas, esta decisión forma parte de un cambio más amplio hacia hábitos de movilidad que consideran más sostenibles.
En algunas parejas o familias acaba siendo siempre la misma persona quien conduce.
Con el paso del tiempo, el otro miembro puede perder práctica y acostumbrarse a ocupar el asiento del acompañante.
Si posteriormente necesita volver a conducir con frecuencia, puede experimentar inseguridad ante situaciones que antes afrontaba con normalidad.